viernes, octubre 31, 2008

La verdad del poder, el poder del terror


Religión, totalitarismo, falsedad, y otras cosas relacionadas entre sí.
Una y otra vez en la historia de la humanidad, el poder establecido ha pretendido imponer su verdad, eliminando el conocimiento o impidiendo su difusión.

Así, se ha tergiversado el pasado, ocultando y transformando los hechos para acomodarse a la realidad querida por los poderosos de turno. Son las famosas “historias oficiales” que han aparecido y reaparecido continuamente en todas las épocas, culturas y naciones, para dominar y formar la mente de los poseídos.

Tal vez su punto máximo se haya alcanzado durante el apogeo comunista, cuando se podía constatar la evolución de los poderes personales dentro de la “nomenklatura” del socialismo real, examinando el cambio que se producía en las fotografías de los actos oficiales al compararlas con publicaciones anteriores; los miembros que habían sido purgados simplemente desaparecían, eran borrados como si nunca hubieran existido y se transformaban en otra persona, o en un árbol, o en un trozo de muro, y lo único que permanecía sin cambiar era la imagen omnipresente del líder en su centro.
Giordano_Bruno
Giordano Bruno (1548-1600), víctima del terrorismo de la Iglesia Católica.
© www.biografiasyvidas.com
Por supuesto, también se manipula el presente, acallando dudas, críticas e investigaciones, y de la misma forma se intenta crear un futuro idealizado (bueno o malo) que esté de acuerdo con los intereses actuales de los poderosos de hogaño.

Estas imposiciones de la verdad han conocido de una gran variedad de armas: la fuerza bruta, el temor religioso, y la disuasión del dinero, así como una serie de combinaciones de todas ellas. No en vano fue en Bizancio cuando llegó aquel primer compromiso abierto y descarado (no primero en el tiempo, pero sí en su desfachatez) en el que un primado de la iglesia se alió con el emperador de turno, diciéndole “ayúdame a eliminar a mis enemigos, que yo te ayudaré a eliminar a los tuyos”; y así fue que Constantino vio una cruz en los cielos.

Esa alianza religión-armas-dinero que existió siempre, alcanzó su punto más alto con el advenimiento de las religiones monoteístas ya que éstas, por su misma naturaleza, implicaban una “verdad absoluta” que no admitía disensiones. Por eso mismo, fueron desde un principio enemigas del conocimiento independiente, y por lo tanto de la ciencia, cuando esta última entendió que su herramienta básica eran la duda y la investigación.

Las víctimas fueron muchas. La inquisición arrasó Europa, y Galileo fue su víctima científica más notoria ; Giordano Bruno no fue un mártir de la ciencia, sino del espíritu contestatario, rebelde, impenitente e inquisidor. Por lo tanto, su crimen fue aún mayor y la época no lo ayudó: el fuego que lo consumió sigue ardiendo en la iglesia católica actual que no ha podido ni querido reconocer su horrendo crimen, como lo muestra claramente la persona del actual monarca vaticano, el antiguo Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (heredera de la Inquisición y del Santo Oficio), Joseph Ratzinger.

Con el tiempo, las disensiones y los juegos de poder fueron minando las potestades de la iglesia católica. El protestantismo alemán, los deseos carnales de un rey inglés, las ideas revolucionarias francesas y las ambiciones de los poderes económicos y militares debilitaron el férreo dominio que la iglesia católica (y las otras iglesias cristianas) tenían sobre las mentes de sus fieles creyentes, que comenzaron lentamente a ser menos fieles y creyentes y más libres y discutidores.
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Salman Rushdie (1947- ), perseguido por el terrorismo islámico del siglo XXI.
© Wikipedia
Lamentablemente, esa evolución renacentista todavía no ha tenido lugar entre las filas islamitas, las que se han transformado en un bastión contra la inteligencia, la duda y el desarrollo de la libertad y de la ciencia. Ciertamente, están además muy bien acompañadas por los reductos fundamentalistas cristianos que no se han resignado a perder su antiguo poder y pretender renacer de entre las cenizas. Entre todos, y ayudados por algunos otros, conforman los “ejércitos de la noche” que tan bien definiera Isaac Asimov.

De todos modos, esa alianza poder-religión surgió también a partir de una filosofía considerada atea: el comunismo.

En efecto, el comunismo comparte muchos principios con cualquier otra religión monoteísta: el monopolio de la verdad absoluta y, por lo tanto, la criminalización de toda opinión contraria, la doctrina del partido único (la iglesia verdadera), el dogma marxista iluminado y omnisciente (su biblia o corán) tal cual lo explicó el filósofo alemán (su mesías) y que fue desarrollado por los grandes dirigentes y filósofos comunistas (sus profetas), la seguridad absoluta de un futuro idealizado e inalcanzable en la etapa actual (el paraíso socialista), el sacrificio actual necesario para alcanzarlo (mandamientos y penitencias), una grey callada, sumisa y obediente a los mandatos de los sabios dirigentes oficiales (los sacerdotes).

No resulta extraño, entonces, que la libertad de expresión y de difusión de ideas haya sufrido también la persecución del estado comunista. No podía ser de otra manera. E incluso la propia ciencia recibió sus embates cuando alguno de sus iluminados convenció a la dirigencia de la verdad “política” de sus ideas. Tal fue el caso de la biología de la antigua Unión Soviética, que resultó gravemente afectada por las doctrinas de Lysenko, un ignorante leal al partido que suprimió por más de 20 años cualquier atisbo de investigación genética.

Por supuesto, cualquier forma de poder resiente la libertad de información y de expresión, ya que el conocimiento puede minar sus propios intereses. Es interesante ver como incluso los gobiernos democráticos intentan también suprimir o aminorar estas libertades, utilizando diferentes formas más o menos legales, pero siempre “procurando el bienestar del pueblo”.

Estas medidas anti-libertarias incluyen diferentes regulaciones que van desde las más duras, como el secreto militar, hasta otras más sutiles como la utilización de la publicidad oficial para “ayudar” a los medios obsecuentes y “castigar” a los opositores, pasando por muchas intermedias como el secreto bancario, impositivo o patrimonial, o la posibilidad ejecutiva de otorgar y quitar licencias para radio y televisión abiertas.

Todas estas pretensiones de sojuzgamiento deben imponerse por el temor a algún castigo, y es así que los estados y las religiones (es decir, los gobernantes y los sacerdotes) se arrogan para sí mismos el monopolio del uso de la fuerza coercitiva. Por supuesto, en el caso de la religión no asociada al poder político-militar ese castigo es post-mortem, pero no por eso resulta menos real para los creyentes convencidos.
Atocha_11_de_marzo_de_2004
Atocha, 11 de marzo de 2004: la insanía islámica en acción.
© www.elpais.com
Sin embargo, no deja de parecer muy interesante la utilización del temor como forma de obtener poder político y económico para grupos supra-estatales asociados en torno de alguna filosofía o, incluso, de alguna rama de la ciencia.

Tal vez el ejemplo más claro se dé con el llamado ecologismo, un movimiento filosófico-político-económico con intereses varios pero que utiliza toda una gama de subterfugios y engaños para obtener resultados que le sean positivos, infundiendo el temor (físico y psicológico) a quienes pretendan oponerse a sus opiniones y vaticinios. Acá vemos también una forma embozada de religión, con sus gurúes e infiernos incluidos, que pretenden tener el derecho de arrasar con todos los que no los acompañen en su lucha por un paraíso idealizado y que no puede aceptar ninguna forma de duda, disenso o investigación.

Y así, el horror del terrorismo se instaló entre los seres humanos. Terrorismo de estado, cuando las diversas formas de religión se unen al estatemento militar/económico y alcanzan el poder y lo utilizan para sojuzgar a sus ciudadanos. Terrorismo a secas, cuando los fanáticos intentan alcanzar el poder y destruir a los que no inclinen la cerviz ante sus ideas.

Seamos justos, sin embargo, y reconozcamos que los intereses económicos de las poderosas compañías internacionales también saben jugar este juego, y realizan sus movimientos y contra-movimientos para oponerse a toda información, duda o crítica que pueda afectarlos, utilizando para tal fin todas las armas a su disposición.

Es por todo esto que podemos asegurar que el poder, cualquiera sea la forma en que se presente, necesariamente considera que el escepticismo, la duda y el método científico son sus enemigos irreconciliables. Y es también por eso que los que verdaderamente luchan por la libertad y el conocimiento tienen, como única arma, la divulgación del escepticismo y de la búsqueda científica de la verdad. Cosas que, como bien sabemos, no son absolutas sino, sencillamente, una aproximación cada vez más cercana a la verdad final, una meta que por otra parte reconocemos como casi imposible. Afortunadamente.
Libertad
©Eugene Delacroix


4 comentarios:

Otto Aguilar dijo...

Hola Heber, surfiando libre por estas olas virtuales encontrè tu nave : EL ATRIL DEL ORADOR, en la cual encontrè muchos puntos en común con mi pensar, en este mar de mentiras en que navegamos.
Gracias por tus aportes a abrir los ojos a muchos, tambièn he hecho un link a tu blog en mi último arto: A veces la realidad supera a la ficción, en el cual incluye la cara de retractacion de Galileo, gracias y un abrazo.

Otto

Heber Rizzo dijo...

Gracias, Otto.ç
Me gustan tus pinturas.

Anónimo dijo...

Estimado Rizzo:
Quiero felicitarle por su blog. Acabo de toparme con él y lo encuentro sumamente interesante. No obstante, en su perfil se aprecia un anticlericalismo indisumulado. Parece usted albergar una visión extremadamente negativa de la religión según la cual ésta vendría a ser a antítesis de la ciencia. Creo que en rigor esta supuesta dicotomía Religión / Ciencia no existe, ni ha existido nunca. Usted subestima y minusvalora el papel de la religión a lo largo de la historia como fenómeno cohesionador. La práctica totalidad de la ciencia desarrollada en occidente hasta el siglo de las luces lo fue en el seno de las distintas iglesias cristianas (protestante, católica...) y todos los hombres de cienca eran además hombres de fé. Las respuestas teológicas que el hombre dio a las preguntas fundamentales (quién soy, de dónde vengo, por qué estoy aquí)precedieron a la filosofía y a la ciencia actual, pero estaban originadas por el mismo afán de satisfacer una curiosidad innata. La religión de los hombres del paleolítico, de alguna manera, fue la primera y más rudimentaria forma de ciencia de la humanidad. En la actualidad, tras el desarrollo de los radiotelescopios y de los aceleradores de partículas, no tiene mucho sentido intentar explicar fenómenos físicos mediante argumentos religiosos, es cierto. Pero ello no resta un ápice de mérito a los desarrollos intelectuales que, en forma de religiones y teologías, coadyudaron a forjar sociedades y fomentaron, aunque de forma sesgada, pero fomentaron, algunos oasis de cultura en un mundo pretecnológico y analfabeto. Quizá hoy pueda resultar inútil, para un observador del siglo XXI, las esdrújulas cosmogonías de las distintas religiones y sus barrocos razonamientos, pero es gracias a ellos que hemos llegado hasta aquí. Igual que los enormes depósitos de combustible de las naves espaciales sirven para alcanzar la órbita y una vez alcanzada ésta, son desechados, la religión ha cumplido un papel determinante en nuestro proceso de aprendizaje y desarrollo. Para bien o para mal, somos lo que somos porque antes fuimos como fuimos. Renegar de la religión por considerarla enemiga de la ciencia, resulta una opinión, a la luz de la Historia, sumamente artificiosa, además de falaz. Isaac Asimov era un hombre al que gustaba hacer proselitismo del ateísmo, pero su ateísmo militante no le impidió valorar el papel de la religión en su justa medida. Recordemos que en sus Fundaciones la ciencia se reviste de religión, y es gracias a esta forma en la que se presenta ante un mundo ignorante y en decadencia que la ciencia se muestra eficaz para impulsar el conocimiento. Reiterando mi felicitación por su blog, y confiando reciba esta mínima discrepancia respecto a su opinión con la mayor cordialidad, sin otro particular, reciba usted y todos sus visitantes, mi simpatía y aprecio.
Coda.- Aunque el dato lo supongo irrelevante, he de manifestar que yo, al igual que usted, tampoco practico ninguna religión. Como verá, esto no es óbice para que pondere el fenómeno religioso y lo tenga en alta estima. Tampoco sé pintar ni componer música, pero ello no me impide valorar un cuadro de Monet o una suite de Bach.
2do.- José Carlos López

Heber Rizzo dijo...

Amigo José Carlos:

Agradezco sus palabras, y comprendo su posición.
Déjeme explicarle más claramente la mía:

1) Religión: la explicación de los fenómenos naturales y la búsqueda de una razón para los sinsabores de la vida y, especialmente, la forma de enfrentarse al miedo a la muerte, supuso para los seres autoconcientes la creación de los dioses.
Esto significó en cierta medida un alivio para los seres humanos en los principios del desarrollo del conocimiento, y un apoyo para resistir el esfuerzo cotidiano.
Sin embargo, ese papel de madre tutelar religiosa debe, necesariamente, llegar a su fin. De la misma forma que una madre sobreprotectora debe permitir que sus hijos se liberente de su influencia (y los hijos tienen el deber de liberarse), so pena de que nunca se llegue a la adultez, y que nunca se complete el desarrollo de los individuos.

2) Clericalismo: si la religión ha llegado a ser nociva para el desarrollo de los seres humanos, el papel de las religiones organizadas y de sus clérigos (de todas las religiones y de todos los clérigos)ha sido únicamente el de aprovechados que han explotado las debilidades humanas para sus propios fines de poder (a todos los niveles) y de bienestar económico.

En definitiva: soy anti-religioso y anti-clerical porque:

a) Lamento la subsistencia de un grupo de ideas retrógradas y limitadoreas; y

b) Detesto y rechazo la existencia de individuos que se asocian para aprovecharse de los más débiles.