martes, mayo 01, 2007

Entrevista a un astrofísico

El científico uruguayo Dr. Javier Licandro nos habla sobre el sistema solar más allá de la órbita de Neptuno… y de algunas otras cosas.

Después de la serie de descubrimientos de objetos transneptunianos ocurrida a mediados de 2005, no ha habido información reciente sobre ninguno nuevo. ¿Nos podría comentar algo al respecto?

Dr. Javier Licandro (J.L.): Según mi conocimiento, exceptuando al Dr. Brown de Caltech, quien realiza observaciones regulares en busca de nuevos objetos, el resto de los programas de búsqueda de Objetos Trans-Neptunianos (Trans-Neptunian Objects = TNOs) se realiza en forma “no regular”.
De hecho, y exceptuando otra vez a los TNOs descubiertos por Brown y sus colaboradores, los nuevos TNOs se reportan en “oleadas”. Cada tanto, y concentrados en pocos días, se descubren varios. Es el resultado de la falta de observaciones permanentes.

Este no es el caso de, por ejemplo, los Objetos Cercanos a la Tierra (Near Earth Objects = NEOs), donde hay programas de búsqueda con telescopios dedicados que se utilizan casi exclusivamente para esa tarea.

El problema radica en que para buscar los TNOs más brillantes (de magnitud menor a 20), para el resto se requieren telescopios grandes, y éstos tienen un límite de uso importante, por la necesidad de ser compartidos entre muchos investigadores y programas.

Por otro lado, sabemos que Brown y sus colaboradores tienen una estrategia muy particular para dar a conocer sus descubrimientos, y se tardan bastante en darlos a publicidad. No sería de extrañar que ya haya algún nuevo objeto interesante, y que recién nos enteremos dentro de unos cuantos meses.
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Dr. Javier Licandro del IAC
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¿Cuál es su opinión con respecto a Plutón? ¿Debe seguir siendo considerado un planeta? ¿Y qué pasa con Xena; podría ser el décimo planeta?

J.L.: Parece claro que, físicamente, habría que “degradar” bastante la definición de planeta para que Plutón pudiera seguir siendo considerado como tal.

Desde su descubrimiento en 1930, sabemos que Plutón es un objeto anómalo: su tamaño y su órbita no encajaban con las de los otros ocho planetas.

Puedo entender que se esgriman razones históricas o sociales, pero no comparto esa opinión. ¿Cuántos objetos han cambiado su clasificación desde que la astronomía es ciencia? Objetos que por muchos años fueron considerados de determinada manera, han dejado de serlo. Y sinceramente, las razones “sociales” para seguir clasificándolo como planeta me parecen ridículas. Por esas mismas razones sociales, la Tierra debería seguir considerándose plana y el centro del universo.

El público no es tonto; si las cosas se explican razonablemente, las entienden y las aceptan.
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De izquierda a derecha: 2003 UB313 (Xena), Plutón; la Luna, la Tierra.
© Minor Planets Program
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En el caso de 2003 UB313 (en ningún caso se lo puede llamar Xena; hay procedimientos para la adjudicación de nombres que deben ser respetados por todos), es un objeto más grande que Plutón y un TNO extremadamente interesante, ya que junto a Plutón, a 2055 FY9 y a Tritón (que se cree es un TNO capturado como satélite por Neptuno), pertenece a un grupo que posee abundancia de metano en su superficie.

Pero es nada más y nada menos que el TNO más grande conocido hasta ahora. Es una pena que la trascendencia de un descubrimiento de este tipo se vea empañada por una tonta consideración estratégica que no hace ningún bien a la imagen de la ciencia ante la opinión pública, y me temo que tampoco favorece a sus descubridores, ni ante sus pares ni ante el público en general. Con toda la admiración que merecen un programa tan exitoso y un grupo de colegas tan capacitados, creo que están cometiendo serios errores de comunicación.

Estos TNOs son los más grandes que conocemos, pero seguramente se encontrarán más. ¿Deberán ser considerados planetas si tienen más de 1 000 kilómetros de diámetro? Sinceramente, me parece que no. Para mí, un planeta debe ser un objeto singular en la región donde se encuentra, no uno más dentro de una amplísima población.

Pero asumamos que encontramos algún criterio para establecer un diámetro mínimo, por encima del los TNOs son planetas. Entonces nos enfrentaremos con un gran problema: ¿qué pasa con los objetos que están justo en ese límite?

Cuando determinamos el tamaño de un objeto, lo hacemos con un cierto margen de error, que en caso de los TNOs suele ser bastante grande. Principalmente, lo logramos con la determinación del albedo, lo que implica mediciones muy dificultosas y modelos poco precisos. Es así que, por ejemplo, basados en los mismos datos, dos grupos dan dos valores diferentes para 2002 TX300: unos dicen que es de 0,08, mientras que otros dicen que es de 0,19. Repito: mismos datos, diferentes modelos. De modo que, ¿qué haríamos con un objeto que para un método de determinación del albedo resultara ser un planeta, y que luego con un modelo diferente o con una mejor observación dejara de serlo y hubiera que quitarle su categoría? Lo dicho, una confusión total...

Aparentemente, nuestro cinturón de Kuiper pertenece al grupo de los “angostos”, lo que podría indicar la presencia de una compañera estelar, una enana roja o una enana marrón, que lo mantendría dentro de límites bien definidos. ¿Cómo es posible que todavía no hayamos detectado algo tan grande en nuestras cercanías?

J.L.: Como dice la pregunta, “podría indicar”, así que no está claro que exista en realidad. De todos modos, eso “tan grande”, dependiendo de la distancia, podría no ser demasiado brillante. Por otro lado, para encontrar objetos así hay que buscarlos. Objetos relativamente brillantes como 2005 FY9 han sido registrados en imágenes desde mediados del siglo XX, pero hasta que se estableció un programa para buscar TNOs brillantes, nadie se percató de su existencia.

Habrá que ver qué es lo que pasa en el futuro con macro-proyectos de búsqueda del estilo Pan Stars.

Quedan todavía alteraciones en la órbita de Neptuno que delatarían la presencia del famoso “décimo planeta”, pero ni Plutón ni 2003 UB313 pueden explicarlas. ¿Debería haber un objeto tamaño Tierra en el Cinturón de Kuiper para resolver el problema, o quizás bastaría la presencia de esta hipotética compañera estelar?

J.L.: Está claro que los objetos del tamaño de los TNOs no son suficientes, pero no descartaría otras opciones. Habrá que seguir investigando tanto desde el punto de vista observacional, como del teórico.

Hay quienes opinan que los grandes objetos de Kuiper encontrados hasta ahora tienen más satélites que los que les correspondería estadísticamente (se dice que solamente un 11% de ellos debería tenerlos). ¿Cuáles son las teorías sobre los procesos que llevan a este exceso?

J.L.: Creo que todavía estamos en pañales como para poder decir cuántos TNOs deberían tener satélites. Como siempre, cuando las teorías no coinciden con los datos hay que ajustar o cambiar la teoría, o ajustar los parámetros que introducimos en nuestros modelos teóricos y que hasta ese momento considerábamos válidos.

La cantidad de satélites depende del proceso de formación y evolución de los TNOs. Cosas como su estructura y densidad, o la frecuencia de colisiones (que tiene que ver con la cantidad y distribución de tamaños de la población original de TNOs), son parámetros fundamentales de estos modelos.

El proceso es el método científico de siempre: observamos, vemos que hay TNOs binarios, hacemos teorías, prevemos cosas como la fracción de TNOs binarios, volvemos a observar para comprobar si los resultados son los esperados, y ajustamos las teorías a las nuevas observaciones. Y así una y otra vez. En eso estamos ahora, siguiendo este proceso.

Usted se especializa en objetos del Cinturón de Kuiper y en otros cuerpos menores. ¿Cuál es la importancia del Cinturón en nuestra búsqueda de conocimientos?

J.L.: El cinturón trans-neptuniano es un residuo fósil de la formación del sistema solar. Los TNOs son objetos primitivos, planetesimales creados en los primeros estadios de la formación planetaria que, por diferentes causas, no llegaron a acretar en un cuerpo mayor.
Dado su pequeño tamaño y gran distancia al Sol, a la que se han mantenido desde entonces, el material que los constituye se ha modificado poco o nada.
Cinturón_de_Kuiper
El Cinturón de Kuiper, más allá de la órbita de Neptuno.
© Solstation
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Por el contrario, el material que formó los planetas o incluso el que quedó en forma de asteroides en el cinturón principal, ha sido modificado enormemente. Los procesos de diferenciación gravitacional han sido muy importantes y han producido cambios metamórficos radicales.

Esto no ha ocurrido en los TNOs, por lo que su estudio nos brinda la oportunidad única de analizar el material primigenio que dio lugar al sistema planetario.

Por otra parte, y en particular los de mayor tamaño, nos permiten también estudiar procesos que se dan en otros astros helados, como en el caso de varios satélites de los planetas gigantes. Estos cuerpos, si bien se han formado en regiones similares, lo han hecho en condiciones diferentes, y las interacciones con sus planetas han jugado un rol importante en las estructuras geológicas que presentan en la actualidad. De modo que el estudio de los procesos en los TNOs nos podrá mostrar similitudes y diferencias con los procesos en los satélites helados.

Finalmente, los TNOs y los cometas están íntimamente relacionados. Los cometas de corto período, también conocidos como la familia de Júpiter, son pequeños TNOs, probablemente restos de colisiones entre TNOs que han sido enviados a las cercanías del Sol por perturbaciones gravitatorias de los planetas gigantes.

Sabemos que los cometas tienen moléculas orgánicas complejas, y los estudios de las superficies de los TNOs van en la misma dirección. La Tierra, desde sus inicios, ha recibido el impacto de cometas; la materia cometaria se ha integrado a la biosfera terrestre y puede ser una de las fuentes de compuestos orgánicos que han dado lugar a la vida sobre nuestro planeta.
¿Quién sabe, entonces, si nuestro origen como especie no se puede buscar en los TNOs...?
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La Nube de Oort, rodeando completamente al sistema solar.
© www.daviddarling.info
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¿Cuáles son las principales diferencias entre el Cinturón de Kuiper y la Nube de Oort?
J.L.: Básicamente, mientras que el Cinturón está formado por cuerpos que siguen allí desde que se formaron, la Nube de Oort está compuesta por objetos que se formaron en la región ocupada actualmente por los planetas gigantes y que fueron dispersados por estos últimos, especialmente por Júpiter.

Por esa razón, la Nube es más extendida y esférica, mientras que el Cinturón es una región estrecha y aplanada, como el disco del cual se originó.

Además de Sedna, ¿se han descubierto otros objetos en la Nube de Oort?

J.L.: No, Sedna es el único que conocemos hasta el momento. Por otro lado, Sedna forma parte de una región particular de la Nube, algo que Julio Fernández postuló en 1996 y al que le dio el nombre de “núcleo central de la Nube de Oort.

Sedna no solamente es grande, sino que además fue descubierto cerca de su perihelio, cuando tenía una magnitud de V=21,5. El 99 por ciento del tiempo, luce mucho más débil.

Hay que hacer notar que no se trata solamente de objetos necesariamente poco luminosos debido a la distancia en que se encuentran, sino que también se mueven muy despacio, lo que implica que para su búsqueda sea necesaria una estrategia algo diferente a la utilizada para localizar TNOs. Resulta imprescindible un programa de búsqueda específico, con telescopios grandes, y lamentablemente es muy difícil que se otorguen tiempos de uso tan prolongados para este tipo de observaciones en los telescopios de 3-4 metros.

Con relación a la masa del sistema solar, ¿cuál es la incidencia del Cinturón y de la Nube?

J.L.: Realmente muy poca, ya que en su totalidad no suman más allá de unas tres masas terrestres y se encuentran dispersos en un volumen gigantesco. Debemos recordar que apenas son los residuos de la formación de nuestro sistema planetario.

¿Los satélites de los TNOs son estables, o podría haber un intercambio más o menos común entre los objetos que los poseen?

J.L.: Aún conocemos muy poco sobre este tema; estamos descubriendo nuevos satélites, incluso de Plutón. Creo que todavía hay mucho camino que recorrer para comprender el mecanismo de formación de los satélites.

Lo que si puedo decir es que no veo muchas posibilidades de “intercambio” de satélites, ya que la densidad de los objetos es muy baja. También está claro que hay algunos casos, como el de Caronte, en los que se ha alcanzado una situación de estabilidad, pero no creo que esto sea algo completamente generalizable.

Todavía no tenemos una respuesta sobre el misterio de la disminución de velocidad de las Pioneer. ¿Alguna teoría al respecto?

J.L.: Para ser sincero, ni idea.

No es fácil encontrar un científico uruguayo en “ciencias duras”. ¿Cómo fue que llegó a estar donde está, cuales fueron sus esfuerzos anteriores y cuáles son sus expectativas de futuro? ¿Puede dar a los jóvenes uruguayos, y a los sudamericanos en general, algún consejo para integrarse al estudio de la astronomía?

J.L.: Bueno, creo que será tan fácil encontrar un científico uruguayo en las ciencias puras como en cualquier otra actividad en general, en proporción al número que habitantes. Es que somos poco más de tres millones de personas. Sin embargo, si los hay en astrofísica; bastantes y bien conocidos. Algunos han llegado a posiciones muy importantes, como Daniel Altshuler, que fue director de Arecibo, o Félix Mirabel que actualmente tiene un alto cargo en ESO.

Yo me vine a hacer la tesis doctoral al IAC, ya que en Uruguay aún no teníamos esa posibilidad, y diversas circunstancias familiares me han obligado a quedarme en Canarias.
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Grupo de Telescopios Isaac Newton, Roque de los Muchachos, La Palma.
© IAC
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Las cosas no son fáciles; muchas veces hay que remar contra la corriente. Yo creo que el secreto esta en trabajar mucho e intentar estar atento a las posibilidades que se tienen al alcance. La investigación es un proceso creativo, pero que requiere de un enorme esfuerzo, de mucha dedicación. No alcanza con ser Einstein; de esos hay unos pocos. Quien quiera dedicarse a esto tiene que ser conciente de que deberá trabajar muchísimo para alcanzar sus metas, y estar dispuesto a “sufrir”, o como diríamos en Uruguay, “a sudar la camiseta”.

He conocido a varios estudiantes brillantes que luego no avanzaron en su carrera porque no se quisieron comprometer con el esfuerzo necesario, o a los que su brillantez no estaba acompañada por la inquietud propia necesaria en un proceso creativo.

Entonces, el consejo para todo el que quiera dedicarse a esto, es que tiene que trabajar muchísimo, abrir bien los ojos y ser una persona inquieta y siempre dispuesta a aprender de los demás.

Estoy un tanto apartado de la realidad sudamericana; bastante tengo con sobrevivir en la europea, que no es nada fácil.

Tengo casi 40 años y más de 40 artículos publicados, y aún me queda mucho camino por recorrer antes de obtener lo que quiero, una plaza de investigador en un instituto español como el IAC. Esa es mi meta. Hay mucha gente muy buena esperando por un lugar.

Me resulta muy difícil, entonces, dar un consejo específico para los jóvenes uruguayos y los sudamericanos en general. No sabría qué decirles. Es evidente que desde un punto de vista profesional, Europa o EE.UU. ofrecen unos medios muy superiores, pero que nadie piense que es fácil. Aunque sí creo que es positivo que hagan una tesis doctoral o un post-doc en un centro del primer mundo. Después, ya verán qué es lo que les depara el futuro.

Datos biográficos

El Dr. Javier Licandro nació en Montevideo, Uruguay, el 17 de octubre de 1966. Obtuvo su licenciatura de astronomía en la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República en Montevideo, y el doctorado en la Universidad de Laguna, en el Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC).

Fue docente del Departamento de Astronomía de la Facultad de Ciencias, y dirigió el Observatorio de Los Molinos, un pequeño observatorio universitario en el Uruguay.

Gracias a una beca del Instituto Cooperativo Interamericano (ICI), realizó su tesis en Tenerife, y luego fue operador, durante un año, en el Teide. Posteriormente fue astrónomo de soporte en el Telescopio Nazionale Galileo (Telescopio Nacional Galileo = TNG) durante 2 años y medio, y desde julio de 2002 es astrónomo de soporte en el Grupo (de telescopios Isaac Newton (Isaac Newton Group = ING), trabajando en el Observatorio de Roque de los Muchachos en La Palma. Es, además, investigador asociado del Instituto de Astrofísica de Canarias.

Esta interesante nota realizada al Dr. Javier Licandro fue también publicada como noticia en Astroseti.

sábado, marzo 24, 2007

Cambio climático: la poderosa influencia del Sol

En el mundo cunde la alarma por el cambio climático, y la acusación de que la humanidad y su actividad económica son la causa principal del mismo hace vislumbrar que se impulsarán muchas modificaciones que afectarán nuestras vidas. Pero, ¿nos están diciendo la verdad?

Un informe tendencioso e inexacto

El “Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático” (IPCC = Intergovernmental Panel on Climate Change), el organismo que tiene como misión elaborar y publicar cada cinco años un informe sobre el cambio climático, es un cuerpo integrado por científicos que a priorisostienen posiciones claras tanto sobre los efectos como sobre las causas del fenómeno. Por lo tanto el informe resultante ya es tendencioso, si bien este aspecto resulta muy limitado por el carácter científico de sus elaboradores.

Pero a su vez, ese informe produce (inicialmente, y antes de ser publicada su versión definitiva) un resumen confeccionado por periodistas y políticos, el así llamado “Resumen para hacedores de políticas” (Summary for Policy Makers) que toma lo que sus redactores consideran destacable (para sus propia agendas), mientras que minimiza o simplemente oculta los datos que pudieran ser contrarios a su posición pre-establecida. Y como si fuera poco, el informe final del IPCC, según las propias reglas del IPCC, ¡tiene que ajustarse a las reacciones políticas de ese resumen preliminar!.

No es para nada novedoso que las opiniones emitidas en esos reportes sean político-filosóficas y no científicas. Ya en el informe emitido en 1995, el IPCC declaraba que "toda afirmación sobre la posible detección de un cambio significativo del clima permanecerá siendo controvertida hasta que las incertidumbres en la total variabilidad natural del sistema climático se hayan reducido" y que "ningún estudio a la fecha ha establecido positivamente y atribuido todo, o parte del cambio de clima observado, a causas antropogénicas". Sin embargo, el informe final, políticamente corregido, declaraba que ¡“el balance de las evidencias sugiere una discernible influencia humana sobre el clima"!.

Pero como si no bastara la alteración política de los datos científicos, se intenta omitir o despreciar toda otra explicación del cambio climático (cualquiera que sea su significado real) a los efectos de enfatizar la única opción que están interesados en presentar al público.

Entre esas otras causas más probables y mucho más poderosas, se encuentra la influencia de la actividad solar y del mismo ambiente galáctico. Para explicar y cuantificar estos efectos no solamente hay varias teorías, sino que existen también registros físicos claros que se están publicando y que se continuarán investigando en el futuro.

Conexión del Sol con el clima en antiguos registros del Nilo

A los efectos de conocer como se comportó el clima en el pasado, los registros de largo plazo resultan esenciales. A su vez, ese conocimiento nos permitirá tener alguna idea sobre lo que podrá suceder en el futuro.

Hoy en día, podemos obtener esos datos tomando mediciones directas de las temperaturas, de la lluvia, de los vientos, de la masa de nubes, y de la emisión de radiación solar, entre otros.

Según nos informa el Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL = Jet Propulsion Laboratory), estas mediciones directas sugieren que las variaciones de la actividad solar tienen influencia sobre el clima a largo plazo de la Tierra.
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El río Nilo
© NASA/JPL
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Lamentablemente, las mediciones directas comienzan a registrarse en un pasado muy cercano, con el desarrollo de la tecnología y del método científico. Por lo tanto, tradicionalmente los investigadores han debido utilizar métodos indirectos para obtener información sobre el tema, como por ejemplo los núcleos de hielo y las burbujas de aire antiguo encerradas en los mismos que se obtienen con perforaciones del suelo en Groenlandia y la Antártida.

Pero ahora, un grupo de científicos universitarios y de la NASA ha desarrollado un nuevo método utilizando los antiguos registros del nivel del agua del Nilo, el río más largo de nuestro planeta.

El equipo analizó los registros anuales del Nilo recogidos entre los años 622 y 1470 dC en la isla de Rawdah, en el Cairo. Luego, compararon esos registros con otros datos muy bien documentados del mismo período, los reportes del número de auroras boreales ocurridas por década en el hemisferio norte. Como las auroras deben su existencia a la masa eyectada desde la corona solar, o a continuación de las llamaradas solares, son un medio excelente para registrar las variaciones de la actividad solar. En ambos casos y para el período comprendido, los registros fueron meticulosos y precisos.

Al realizar su trabajo, los investigadores descubrieron relaciones claras entre la actividad solar y las variaciones climáticas. Los niveles de agua del Nilo y los registros de auroras presentaban dos variaciones que ocurrían regularmente en común, una con un período de unos 88 años y otra con un período de unos 200 años.
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Una aurora entre nubes iluminadas por la luz de la ciudad
© Jan Curtis
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Según Ruzmaikin, como el río Nilo proporcional el drenaje para aproximadamente un 10% del continente africano, y a su vez el clima africano está relacionado con la variabilidad climática en los océanos Índico y Atlántico, su investigación ofrece un mejor conocimiento del cambio climático global.

¿Y cuál es la relación entre la variabilidad solar y el Nilo? Los autores sugieren que las variaciones en la energía ultravioleta del Sol provocan ajustes en un patrón climático conocido como Modo Anular Boreal, que afecta al clima en la atmósfera del hemisferio norte durante el invierno. A nivel del mar, este Modo se convierte en la Oscilación del Atlántico Norte, una especie de borde de sierra a gran escala que afecta la forma en que el aire circula sobre el océano Índico. A su vez, estos ajustes pueden afectar la distribución de las temperaturas del aire, que subsecuentemente tienen influencia sobre la circulación del aire y las lluvias en las fuentes del Nilo. Cuando la actividad solar es alta, las condiciones son más secas, y cuando es baja, las condiciones son más húmedas.

Las pulsaciones del Sol y la lluvia

Según Robert Baker, un científico de la Universidad de Nueva Inglaterra, existe una fuerte relación entre el pulso rítmico del campo magnético del Sol y los sistemas climáticos, particularmente en el hemisferio sur.

Las emisiones magnéticas del Sol alcanzan un pico cada 11 años, un fenómeno caracterizado por el aumento de la actividad de las manchas solares. Por otro lado, nuestra estrella central también alterna su polaridad cada 11 años, y el último cambio ocurrió en 2001.

Al confeccionar un modelo de la actividad magnética solar, el profesor Baker descubrió que las lluvias aumentaban en períodos de actividad alta, y que se producían sequías cuando el Sol se mantenía estable. Esto sugería que las fluctuaciones impactaban en la atmósfera superior, lo que a su vez se reflejaba en cambios del Índice de Oscilación Austral (SOI = Southern Oscillation Index), la medida de la presión del aire sobre el océano Pacífico que se utiliza como un indicador confiable de las sequías e inundaciones.

El Dr. Baker dijo que las sequías más intensas en el este de Australia, incluyendo a la así llamada “sequía de la Federación”, tendían a ocurrir cada 22 años, aproximadamente un año después dc que el polo sur solar cambiaba y se cargaba positivamente.
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Si el Índice de Oscilación Austral, que se calcula según las fluctuaciones de presión del aire, continúa repitiendo las tendencias anteriores, el este de Australia podría esperar un índice de lluvias superior al promedio desde este año hasta 2009. La línea azul indica el índice desde 1924 hasta 1929, y la naranja desde 2004 hasta 2007. La columna de la izquierda indica que sobre el valor “5” encontramos inundaciones, y por debajo del valor “-5” encontramos sequías.
© Australian news/ www.longpaddock.qld.gov.au
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El científico sostiene que los cambios en los campos magnéticos solares pueden explicar hasta un cincuenta por ciento de las variaciones del SOI. El impacto del magnetismo solar es más evidente en el hemisferio sur y en las regiones de Australia oriental porque la variación climática resulta más impulsada por la proximidad de grandes océanos.

Según expresó, “el Sol impulsa todo el sistema”. “En términos de patrones climáticos a lo largo de un siglo o más, hay un impacto natural del Sol”.

Sus estudios indican que nuestra estrella parecería seguir un ciclo magnético a largo plazo de unos 80 años, lo que significa que sería posible predecir inundaciones y sequías para los próximos 30 años, basados en registros históricos tomados a partir de mediados de la década de 1920. El científico dijo que actualmente el SOI estaba siguiendo un patrón similar al registrado después de 1924, cuando el este de Australia disfrutó de fuertes lluvias luego de un prolongado período de sequía.

Este modelo sugiere también que podría haber un período solar más largo, de unos 500 años, que podría ayudar a explicar la variabilidad climática de los últimos siglos, incluyendo algunos períodos hasta ahora no aclarados tales como el Período Cálido Medieval (800 – 1300 dC) y la Pequeña Edad de Hielo (1650 – 1850 dC).

Cosmoclimatología: nace una nueva teoría

La luminosidad del Sol puede variar demasiado poco como para ser responsable de las grandes variaciones en el clima. Pero más de 10 años han pasado desde que Henrik Svensmark en Copenhague señaló por primera vez un mecanismo mucho más poderoso.

Observó, a partir de compilaciones de datos de satélites meteorológicos, que la nubosidad varía en relación con el número de partículas atómicas que llegan desde las estrellas que explotan. Más rayos cósmicos, más nubes. El campo magnético del Sol rechaza muchos de esos rayos cósmicos, y su intensificación durante el siglo XX significó menos rayos cósmicos, menos nubes, y un mundo más cálido. Por otro lado, la Pequeña Edad de Hielo fue fría porque un Sol perezoso dejó pasar más rayos cósmicos, haciendo que el mundo fuera más nuboso y melancólico.

El único problema con la idea de Svensmark, además de que fuera políticamente incorrecta, es que los meteorólogos negaban que los rayos cósmicos pudieran estar involucrados con la formación de nubes. Después de muchas dificultades para conseguir los fondos para un experimento, Svensmark y su equipo del Centro Espacial Nacional Danés obtuvieron en 2005 un éxito total.

En una caja de aire en un sótano, pudieron demostrar que los electrones liberados por los rayos cósmicos que atravesaban el techo unían gotitas de ácido sulfúrico y de agua. Estos son los bloques constitutivos de la condensación de nubes. Pero revista tras revista declinó publicar su informe; el descubrimiento apareció finalmente el año pasado en los Procedimientos de la Real Sociedad.

Ahora bien, las diversas investigaciones muestran que las nubes bajas cubren más de un cuarto de la Tierra y ejercen un fuerte efecto de enfriamiento en la superficie. El 2% de cambio en la cantidad de nubes bajas durante un ciclo solar variaría el ingreso de calor a la superficie de la Tierra en una cantidad casi igual a la atribuida por el IPCC al efecto de invernadero de todo el dióxido de carbono adicional introducido en la atmósfera desde la Revolución Industrial.

Las investigaciones realizadas con la utilización de varios métodos de medición concuerdan en que en el siglo XX hubo una reducción pronunciada de los rayos cósmicos, de tal modo que los flujos máximos hacia fines del siglo eran similares a los mínimos observados alrededor de 1900. Esto estaba en concordancia con el descubrimiento de que el campo magnético auroral del Sol duplicó su fuerza durante el siglo XX.

Aquí habría entonces una evidencia prima facie para sospechar que buena parte del calentamiento del mundo durante el siglo XX podría deberse a la reducción de los rayos cósmicos y, por lo tanto, a una disminución de la cubierta de nubes.
Pero la distinción entre coincidencia y acción causal ha sido siempre un problema para la ciencia de la climatología. El caso para el cambio climático antropogénico durante el siglo XX descansa principalmente en el hecho de que las concentraciones de dióxido de carbono y de otros gases de invernadero aumentaron, y en que también lo hicieron las temperaturas. Algunos intentos de demostrar que ciertos detalles del registro climático confirman el efecto invernadero (por ejemplo, Mitchel et al., 2001) han dado resultados menos que concluyentes.

Por contraste, la hipótesis de que los cambios en la nubosidad que obedecen a los rayos cósmicos ayudan a forzar cambios climáticos predice una señal distintiva que se puede observar muy fácilmente, como una excepción que prueba la regla.

La parte superior de las nubes reflejan muy buena parte de la radiación solar que incide sobre ellas y ejercen su efecto enfriador al retornarla al espacio, impidiendo que lleguen a calentar la superficie de nuestro mundo.

Sin embargo, las capas de hielo de la Antártida son cegadoramente blancas, y reflejan la luz aún más que las nubes. Allí, el exceso en la cubierta de nubes calienta esa región, mientras que su escasez la enfría. Las mediciones de satélite muestran el efecto de calentamiento de las nubes antárticas, y los meteorólogos lo confirman con sus observaciones. Groenlandia también tiene una capa de hielo, pero más pequeña y no tan blanca. Y mientras las condiciones allí son similares a la del clima general del hemisferio norte, la Antártida se encuentra aislada por vórtices en el océano y en la atmósfera.

La hipótesis de los rayos cósmicos y de la producción de nubes predice que los cambios de temperatura en la Antártida deberían de signo opuesto a los que suceden en el resto del mundo. Y esto es exactamente lo que se observa, en lo que muchos llaman “la anomalía climática de la Antártida”.

A los efectos de explicar la evidencia que muestra muchos episodios de cambio climático en direcciones opuestas en la Antártida y en Groenlandia, el efecto de la formación de nubes es por mucho la hipótesis más económica que describe esta anomalía en todas las escalas de tiempo. De hecho, la ausencia de esta anomalía sería un argumento decisivo en contra de la teoría, que entre otras cosas introduce un elemento de falsibilidad muy necesario en la ciencia climática.

Es de hacer notar que la teoría también explica las variaciones climáticas a largo plazo, en ciclos de unos 140 millones de años a lo largo de los últimos 550 millones de años de historia de nuestro planeta. Esas variaciones corresponderían también a la llegada de rayos cósmicos a la Tierra como producto de los movimientos relativos de la órbita solar en la galaxia con respecto a los brazos espirales. Esos encuentros producirían edades de hielo que coinciden con los registros terrestres.

Conclusión

Con todo esto, ¿dónde queda el impacto de los gases de invernadero, del dióxido de carbono y de la influencia del ser humano en el cambio climático? Probablemente, sus efectos finales sean mucho menores que los enunciados en el resumen del informe del IPCC, aunque nadie puede realmente estar seguro hasta que las implicaciones de la nueva teoría de las causas del cambio climático y de la influencia de los rayos cósmicos en la formación de nubes, así como la importancia de las variaciones en el magnetismo del Sol, hayan sido examinadas más a fondo.

Así funciona la ciencia.
órbita_del_Sol_y_brazos_espirales_galácticos
La órbita del Sol y los brazos espirales galácticos en la Vía Láctea.
© Wikipedia
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viernes, marzo 16, 2007

Las Nubes de Magallanes

En las noches con cielo limpio de nubes y sin Luna del hemisferio austral se pueden ver, cerca de la Cruz del Sur, dos pequeñas manchas blanquecinas que podrían confundirse con nubes tenues. Pero si se observa con cuidado, especialmente con el transcurrir de los días, se puede comprobar que los vientos no las afectan y que no se mueven con respecto al fondo de estrellas.

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Diagrama de la ubicación en el espacio de las Nubes de Magallanes.
© www.atlasoftheuniverse.com
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Los antiguos pueblos del Medio Oriente ya las conocían. La primera mención de ellas que registra la historia fue realizada por el astrónomo persa Al Sufi, quien en su “Libro de las estrellas fijas” las nombra como Al Bakr, el Buey Blanco, haciendo notar que si bien no se las puede ver desde Bagdad, sí son observables desde el estrecho de Bab el Mandeb, a 12º 15’ de latitud norte.

Para Europa, fue Fernando de Magallanes quien primero las observó durante su viaje de circum-navegación de 1519-1522. Sin embargo, el nombre actual no se popularizó hasta mucho después. En la Uranometria de Bayer (1603) se las denomina “Nubecula Maior” y “Nubecula Minor”, e incluso Flamsteed en su atlas estelar las designa como “Le Grand Nuage” y “Le Petit Nuage”, que son simplemente las formas latina y francesa para “Gran Nebulosa” y “Pequeña Nebulosa”, respectivamente.

El primero en estudiarlas detenidamente fue John Herschel en el siglo XIX, y en 1912, mientras estudiaba las cefeidas variables en la Pequeña Nube de Magallanes, Henrietta Leavitt descubrió la relación período-luminosidad que ofreció por primera vez un método para determinar las distancias galácticas. Por otro lado, en febrero de 1987 estalló en la Gran Nube de Magallanes una supernova, SN 1987A, la primera visible a simple vista desde 1604 y que ha sido ampliamente estudiada por los astrónomos modernos.

Estos notables objetos del cielo austral lucen claramente diferenciadas del cuerpo de la Vía Láctea. Separadas entre sí por unos 21º, la verdadera distancia entre ellas es de unos 75 000 años luz. Hasta el descubrimiento de la galaxia elíptica enana de Sagitario en 1994, eran las dos galaxias conocidas más cercanas a la nuestra.

La evidencia sugiere que ambas galaxias han sido muy distorsionadas por el efecto de marea de su interacción con la Vía Láctea, y corrientes de hidrógeno neutro las conectan entre sí y con nuestra galaxia, la que a su vez también se ha visto afectada por ambas Nubes que han distorsionado las partes externas del disco galáctico.

En 2007, investigadores del Centro Harvard-Smitsoniano de Astrofísica (CfA) y del Instituto de Ciencia del Telescopio Espacial informaron que un estudio sobre las velocidades tridimensionales de las Nubes de Magallanes indicaban que no estaban ligadas gravitacionalmente con la Vía Láctea, sino que serían sencillamente vecinas transitorias de paso por las cercanías de nuestra galaxia.

Además de sus estructuras diferentes y de su menor masa, se diferencian de la Vía Láctea en dos aspectos importantes. En primer lugar, son comparativamente más ricas en gas y más pobres en metales que ella. Por otro lado, ambas resultan notables por sus nebulosas y sus poblaciones estelares jóvenes, mientras que en nuestra galaxia las estrellas varían de muy jóvenes a muy viejas, lo que indica una larga historia de formación estelar.

Nubes_de_Magallanes

Las Nubes de Magallanes, fotografiadas por el Observatorio Anglo-Australiano.
© Anglo-Australian Observatory
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La Gran Nube de Magallanes (LMC) es una galaxia irregular localizada a unos 160 000 años luz de distancia en la dirección de la constelación del Dorado (o Pez Espada). Contiene unos 15 000 millones de estrellas y su diámetro es de aproximadamente 35 000 años luz, con una magnitud aparente de 0,9 y se extiende por unos 10º de cielo. Presenta una estructura central en forma de barra y es la cuarta en tamaño del Grupo Local, después de la Nebulosa de Andrómeda (M31), la Vía Láctea y la galaxia del Triángulo (M33). Es posible que fuera una galaxia espiral barrada enana que fue desgajada por la poderosa gravedad de la Vía Láctea.

Vista desde la superficie de un planeta en ella, nuestra galaxia sería un espectáculo asombroso. Se extendería por más de 36 grados en el cielo, el equivalente a 70 Lunas llenas, y su luminosidad sería de -2,0, unas 14 veces más que lo que LMC luce para nosotros. Lo que es más, dada su gran altitud con respecto al plano galáctico, sus hipotéticos habitantes verían oblicuamente a la Vía Láctea y sin polvo que interfiriera con su visión, con lo que podrían captar a simple vista la impresionante belleza de su estructura espiral.

La Pequeña Nube de Magallanes (SMC o NGC 292) es también una galaxia irregular, clasificada a veces como enana, que se encuentra a unos 210 000 años luz de distancia de la Vía Láctea, en la dirección de la constelación del Tucán y que contiene tal vez unos 3 000 millones de estrellas en su extensión aproximada de 10 000 años luz.

Presenta todavía una estructura central en forma de barra, así que es posible que fuera también una espiral barrada, antes de ser desgajada y distorsionada por la fuerza gravitatoria de nuestra galaxia. Se muestra ante nosotros como una pequeña mancha de 3º de extensión visual y con una magnitud aparente de 2,7.

Nubes_de_Magallanes_en_el_cielo_austral

Así se las puede localizar en el cielo austral.
© ecodigital.com.ar
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sábado, febrero 10, 2007

Una certeza mortal

A veces (muy pocas, por cierto), el genio del comentarista convierte una simple crítica en todo un ensayo que merece ser tenido en cuenta por sí mismo. El análisis que el profesor Weinberg hace del libro de Richard Dawkins “La ilusión de dios” es uno de esos casos.

Times_Literary_Supplement_logo
Steven Weinberg
Richard Dawkins
The god delusion416pp.
Bantam. £20.0 593 05548 9
US: Houghton Mifflin. $27. 0618680004

De todos los descubrimientos científicos que han perturbado a la mente religiosa, ninguno ha tenido el impacto de la teoría de la evolución por selección natural de Darwin. Ningún avance de la física o incluso de la cosmología ha causado una conmoción igual.

En los primeros días de la cristiandad, los padres de la iglesia Teófilo de Antioquia y Clemente de Alejandría rechazaron el conocimiento, común desde la época de Platón, de que la Tierra era una esfera. Insistieron en la verdad literal de la Biblia, y desde el Génesis hasta los versos de Revelaciones podían ser interpretados como indicadores de que la Tierra era plana. Pero la evidencia de una Tierra esférica resultaba aplastante para quien hubiera visto cómo desaparecía tras el horizonte el casco de un barco, mientras que sus mástiles continuaban siendo visibles, y al final la Tierra plana no parecía merecedora de lucha.

Hacia la Alta Edad Media, la Tierra esférica era aceptada por los cristianos educados. Dante, por ejemplo, descubrió que el corazón de la Tierra esférica era un destino conveniente para los pecadores. Lo que alguna vez había sido un asunto serio se ha convertido en una broma. Un amigo de la Universidad de Kansas ha formado una Sociedad de la Tierra Plana para demandar (en una burla de la demanda de los creacionistas de Kansas para que las escuelas presenten el “diseño inteligente” como una “alternativa” a la evolución) que las escuelas públicas de Kansas enseñen la teoría de la Tierra plana como una alternativa a la teoría de la Tierra esférica.

La idea más radical de que la Tierra se mueve alrededor del Sol fue más difícil de aceptar. Después de todo, la Biblia pone a la humanidad en el centro de un gran drama cósmico de pecado y salvación, de modo que, ¿cómo podría nuestra Tierra no ser el centro del universo? Hasta el siglo XIX, la astronomía copernicana no pudo ser enseñada en Salamanca o en otras universidades españolas, pero para la época de Darwin apenas si molestaba a nadie. Incluso en fechas tan tempranas como las de Galileo, el cardenal Baronius, el bibliotecario del Vaticano, hizo el famoso comentario en broma de que la Biblia nos dice como ir al cielo, y no cómo es que los cielos funcionan.

nombre

Steven Weinberg (1933 - )

Un reto diferente para la religión emergió con Newton. Sus teorías sobre el movimiento y la gravedad demostraron que los fenómenos naturales podían ser explicados sin la intervención divina, y a ellas se opuso, por razones religiosas y en la propia universidad de Newton, John Hutchinson. Pero la oposición a Newton en Europa colapsó cerca de fines del siglo XVIII. Los creyentes pudieron consolarse a sí mismos con el pensamiento de que los milagros eran simplemente excepciones ocasionales a las leyes de Newton, y de todos modos era muy improbable que cualquier física matemática pudiera molestar a aquellos que no comprendían su poder explicativo.

El darwinismo fue otra cosa. No era simplemente que la teoría de la evolución, como la teoría de una Tierra esférica en movimiento, estuviera en conflicto con el literalismo bíblico; no era que la evolución, como la teoría copernicana, negara un lugar central para los humanos; y no era que simplemente la evolución, como la teoría de Newton, proporcionara una explicación no religiosa para los fenómenos naturales que hasta entonces habían parecido como inexplicables sin una intervención divina. Mucho peor. Entre los fenómenos naturales explicados por la selección natural se encontraban las características mismas de humanidad de las que estamos tan orgullosos. Se hizo plausible que nuestro amor por nuestras parejas e hijos y que, según el trabajo de los biólogos evolutivos modernos, aún principios morales más abstractos como la lealtad, la caridad y la honestidad, tengan su origen en la evolución y no en un alma creada por una divinidad.

Dado el ataque que la religión tradicional ha recibido de parte de la evolución, es lógico que los adversarios modernos más enérgicos, elocuentes y libres de compromiso de la religión son los biólogos que nos han ayudado a comprender la evolución: primero Francis Crick, y ahora Richard Dawkins. En “The God Delusion” (La ilusión de dios), Dawkins corona una serie de sus libros sobre biología y religión con un ataque severo sobre todos los aspectos de la religión, no solamente la religión tradicional, sino también sobre el vago conjunto moderno de piedades que a menudo se apropian de su nombre. En su nota menos amable, Dawkins postula incluso que la persistencia de la creencia en dios es, en sí misma, un producto de la selección natural actuando tal vez sobre nuestros genes, como sostuvo Dean Hamer en “El gen de dios”, pero más seguramente sobre nuestros “memes”, los conjuntos de creencias y actitudes culturales que en una forma darwiniana aunque no biológica tienden a ser transmitidos de generación en generación. No es que el meme haga que el creyente o que los genes del creyente sobrevivan, sino que es el meme en sí mismo que por su naturaleza tiende a sobrevivir.

Por ejemplo, la persistencia de la creencia en una religión en particular se ve naturalmente ayudada si esa religión enseña que dios castiga a la incredulidad. Una religión de ese tipo tiende a sobrevivir si el castigo con que amenaza es lo suficientemente horrible. Por contraste, una religión tendría problemas para conservar a sus conversos si enseña que los infieles están sujetos, después de la muerte, a un breve período de leve incomodidad, después del cual se unirán a los creyentes en una felicidad eterna.

Por lo tanto, resulta natural que en el cristianismo y en el islamismo tradicionales, la incredulidad se convierta en el crimen máximo, y que el infierno sea la máxima cámara de torturas. No es extraño que el matemático Paul Erdös siempre se refiriera a dios como el Fascista Supremo. Dawkins focaliza su libro sobre el cristianismo y el islamismo, que tradicionalmente enfatizan la importancia de la creencia, más que en religiones como el judaísmo, el hinduismo o el sintoísmo, que están relacionadas con grupos étnicos específicos y que tienden a remarcar la observancia más que la fe.

A Dawkins, al igual que a Erdös, dios no le gusta. El califica al dios del Antiguo Testamento como “el personaje más desagradable de toda la ficción: celoso y orgulloso de serlo, un controlador fanático mezquino, injusto e inclemente; un “limpiador” étnico vengativo y sediento de sangre; un matón caprichosamente malevolente, misógino, pestilente, megalomaníaco y sadomasoquista”. Y en cuanto al Nuevo Testamento, cita con aprobación la opinión de Thomas Jefferson, de que “el dios cristiano es un ser con un carácter terrible, cruel, vengativo, caprichoso e injusto”.

nombre

Richard Dawkins (1941 - )

Todo esto es muy fuerte, y obviamente Dawkins intenta impactar al lector, pero su diatriba tiene un propósito constructivo. Al atacar al dios de las sagradas escrituras, está intentando debilitar la autoridad de los mandatos de ese dios, comandos cuya interpretación ha llevado a la humanidad a una historia vergonzosa de inquisiciones, cruzadas y jihads. Dawkins indica al lector muchos detalles brutales, pero debemos únicamente dar un vistazo a los encabezados de la actualidad para conseguir los nuestros propios. Por alguna razón, Dawkins no hace ningún comentario sobre el dios del Corán, quien parecería proporcionar iguales oportunidades para el ataque.

Las críticas de “The God Delusion” en el New York Times y en el New Republic reprochan a Dawkins su despectivo rechazo de las pruebas “clásicas” de la existencia de dios. Yo estoy de acuerdo con Dawkins en lo que respecta al rechazo de esas pruebas, pero las hubiera contestado de forma un poco diferente.

La “prueba ontológica” de San Anselmo nos pide inicialmente concordar en que es posible concebir algo tal que no se pueda concebir nada más grande. Una vez que ha logrado ese acuerdo, el astuto filósofo apunta que la cosa concebida debe existir, ya que si no existiera entonces alguna otra cosa que sí existe debiera ser más grande. ¿Y qué podría ser esta cosa que es la más grande que existe, sino dios? QED.

Desde el monje Gaunilo de la época de Anselmo hasta los filósofos de nuestro tiempo como J. L. Mackie y Alvin Plantinga, hay una concordancia general en que la prueba de Anselmo es errónea, aunque no están de acuerdo en qué consiste el error. Mi propia visión es que la prueba es circular: no es verdad que uno pueda concebir algo tal que nada que sea más grande pueda ser concebido, a menos que inicialmente se asuma la existencia de dios. La “prueba” de Anselmo ha reaparecido y ha sido refutada en muchas formas diferentes, casi un poco como una enfermedad infecciosa que puede ser derrotada por un antibiótico, pero que evoluciona de tal forma que necesita ser derrotada una y otra vez.

La “prueba cosmológica” no es mejor desde el punto de vista lógico, pero tiene un cierto atractivo para el físico. Sostiene que todo tiene una causa, y como esta cadena de causalidad no puede prolongarse eternamente, debe concluir en una causa primera, a la que llamamos dios. La idea de una causa primordial es profundamente atractiva, y de hecho el sueño de la física de partículas elementales es encontrar la teoría final en la raíz de todas las cadenas de explicaciones de lo que vemos en la naturaleza.

El problema es que una teoría matemática final de ese tipo difícilmente resultaría ser lo que cualquiera entiende como dios. ¿Quién le reza a la mecánica cuántica? El creyente puede con igual justicia sostener que ninguna teoría de la física puede ser una causa inicial, ya que todavía nos preguntaríamos porqué la naturaleza está gobernada por esa teoría, en lugar de por alguna otra. Sin embargo, en exactamente el mismo sentido, dios no puede ser tampoco una causa inicial, ya que cualquiera que fuera nuestra concepción de dios todavía nos preguntaríamos porqué el mundo está gobernado por esa clase de dios, en lugar de por alguna otra.

La “prueba” que históricamente ha sido más persuasiva es el argumento del diseño. Se supone que el mundo en general (y la vida en particular) está conformado tan maravillosamente que únicamente podría ser el resultado del trabajo del diseñador supremo. El gran logro de los científicos, desde Newton hasta Crick y Dawkins ha sido la refutación de este argumento explicando al mundo.

Me inquieta que Thomas Nagel en el New Republic deje de lado a Dawkins por ser un “filósofo aficionado”, mientras que Terry Eagleton en el London Review of Books se burla de Dawkins por sus carencias de entrenamiento teológico. ¿Debemos concluir entonces que las opiniones en materia de filosofía o de religión pueden ser expresadas únicamente por expertos, y no por simples científicos o por gente común? Eso sería como decir que únicamente los cientistas políticos pueden justificar la expresión de su visión sobre la política. El juicio de Eagleton es particularmente inapropiado; es como decir que nadie está calificado para juzgar la validez de la astrología, a menos que pueda producir un horóscopo.

Donde yo creo que Dawkins se equivoca es en que, como Enrique V en Agincourt, no parece darse cuenta de la extensión de la victoria de su bando. Dejando de lado el ascenso del islam en Europa, la caída de la creencia cristiana seria entre los europeos está tan ampliamente demostrada que Dawkins se dirige a los Estados Unidos para encontrar la mayoría de sus ejemplos sobre la creencia religiosa reaccionaria. Atribuye el gran respeto por la religión en los EE.UU. al hecho de que los norteamericanos nunca han tenido una iglesia establecida, una idea que puede haber tomado de Tocqueville.

Pero si bien la mayoría de los estadounidenses puede estar segura del valor de la religión, hasta donde yo puedo ver no está muy segura sobre la verdad de lo que enseña su propia religión. Según un artículo reciente del New York Times, los evangelistas estadounidenses están desesperados por una encuesta que demostró que únicamente el 4% de los adolescentes norteamericanos serán “cristianos creyentes de la Biblia” cuando alcancen la edad adulta.

La difusión de la tolerancia religiosa proporciona evidencia del debilitamiento de la certeza religiosa. Históricamente, la mayoría de los grupos cristianos ha enseñado que no hay salvación sin la fe en Cristo. Si se está realmente seguro de que cualquiera que no posea esa fe está condenado a un infierno eterno, entonces la propagación de la fe y la eliminación de la incredulidad serían lógicamente las cosas más importantes del mundo, mucho más importantes que cualquier otra virtud secular tal como la tolerancia religiosa. Sin embargo, la tolerancia religiosa campea por sus fueros en Norteamérica. Nadie que haya expresado públicamente su falta de respeto por cualquier religión en particular podría ser elegido para un alto cargo público.

Incluso aún cuando los ateos norteamericanos puedan tener problemas para ganar elecciones, los estadounidenses son bastante tolerantes con nosotros los incrédulos. Mis muchos buenos amigos en Texas que son cristianos profesos ni siquiera intentan convertirme. Esto podría ser tomado como evidencia de que a ellos no les importa realmente si yo paso la eternidad en el infierno, pero prefiero pensar (y tanto baptistas como presbiterianos lo han admitido frente a mí) que no están del todo seguros con respecto al cielo y al infierno.

A menudo he escuchado la afirmación (una vez por voz de un sacerdote estadounidense) que no es tan importante lo que uno cree; lo importante es como nos tratamos unos a otros. Por supuesto, aplaudo este sentimiento, pero imaginémonos intentando explicar eso de “no importa lo que uno crea” a Lutero, a Calvino o a San Pablo. Afirmaciones como ésta muestra una retirada masiva de la cristiandad del terreno que alguna vez ocupó, una retirada que no puede ser atribuida a una nueva revelación, sino únicamente a la pérdida de certidumbre.

Buena parte del debilitamiento de la certeza religiosa en el occidente cristiano puede ser vista junto al portal de la ciencia; incluso personas cuya religión podría hacer que se inclinaran hacia la hostilidad frente a las pretensiones de la ciencia, comprenden generalmente que ellos mismos deben apoyarse en la ciencia y no en la religión para lograr que las cosas se hagan. Pero nada parecido a esto ha sucedido, con los mismos alcances, en el mundo del islam.

Uno encuentra en los países islámicos no solamente la oposición religiosa a teorías científicas específicas, como sucede ocasionalmente en occidente, sino también una extensa hostilidad religiosa hacia la ciencia misma. Mi difunto amigo, el distinguido físico paquistaní Abdus Salam, intentó convencer a los mandatarios de los ricos estados petroleros del Golfo Pérsico para que invirtieran en educación e investigación científicas, pero descubrió que si bien se mostraban entusiasmados con la tecnología, sentían que la ciencia pura representaba un reto muy grande para la fe.

En 1981, la Hermandad Islamita de Egipto pidió el fin de la educación científica. En las áreas de la ciencia que conozco mejor, aunque hay científicos talentosos de origen islámico trabajando productivamente en occidente, a lo largo de cuarenta años no he visto un simple artículo realizado por un físico o un astrónomo que trabajara en un país islámico y que valiera la pena leer. Esto es así pese al hecho de que en el siglo IX, cuando la ciencia apenas si existía en Europa, el mayor centro mundial de investigación científica se encontraba en la Casa de la Sabiduría en Bagdad.

El islam se volvió contra la ciencia en el siglo XII. La figura más influyente fue el filósofo Abu Hamid al-Ghazzali, quien argumentó en La incoherencia de los filósofos contra la idea misma de leyes de la naturaleza, sobre la base de que cualquiera de esas leyes pondría en cadenas las manos de dios. Según al-Ghazzali, un montón de algodón colocado sobre las llamas no se oscurece y arde a causa del calor, sino porque dios quiere que se oscurezca y se queme. Después de al-Ghazzali, no hubo más ciencia digna de mención en los países islámicos.

Las consecuencias son horrorosas. Sea lo que sea que se opine sobre los islamitas que se vuelan a sí mismos en ciudades atiborradas de gente en Europa o Israel, o que choquen con aeroplanos en edificios de los EE.UU., ¿quién discutiría que la certeza de su fe tiene algo que ver con el asunto?

George W. Bush y muchos otros quisieran que nosotros creyéramos que el terrorismo es una distorsión del islam, y que el islam es una religión de paz. Por supuesto, decir esto es una buena política, pero las afirmaciones sobre lo que es el islam tienen poco sentido.

El islam, como todas las otras religiones, fue creado por personas, y existen potencialmente tantas versiones diferentes del islam como hay personas que declaran ser islamitas (la misma afirmación se aplica a la opinión altamente personal de Eagleton sobre lo que “es” el cristianismo). No sé sobre qué bases uno puede decir que una persona pacífica y bien intencionada como Abdus Salam es más o menos islamita que los asesinos guerreros islámicos del Hezbollah y de la Jihad Islámica, que los clérigos de todo el mundo islamita que incitan al odio y a la violencia, o que aquellos islamitas que hacen manifestaciones contra supuestos insultos contra su fe, pero no contra las atrocidades cometidas en su nombre (incidentalmente, Abdus Salam se veía a sí mismo como un islamita devoto, pero pertenecía a una secta que la mayoría de los islamitas considera herética, y por años no se le permitió regresar a Paquistán).

Dawkins trata al islam como simplemente otra religión deplorable, pero hay una diferencia. La ecuanimidad de Richard Dawkins es bien intencionada, pero está fuera de lugar. Comparto su falta de respeto por todas las religiones, pero en nuestros tiempos es tonto despreciarlas a todas ellas por igual.

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Steven Weinberg es profesor de física y astronomía en la Universidad de Texas. Recibió el Premio Nóbel de Física y la Medalla Nacional de Ciencia de los EE.UU., y es miembro extranjero de la Royal Society de Londres. Entre sus libros se incluyen “The First Three Minutes” (Los primeros tres minutos), 1977, “Dreams of a Final Theory” (Sueños de una teoría final), 1992, y “Facing Up “ (Enfrentando), 2001.

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NOTA: Traducido y publicado con autorización especial de The Times Literary Supplement. Las imágenes han sido añadidas por el traductor

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Este artículo también fue publicado en Astroseti.com el 09/02/2007, con ligeras modificaciones: URL http://www.astroseti.org/vernew.php?codigo=2724
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viernes, enero 05, 2007

Alfa Centauro y la búsqueda de vida extraterrestre

Es posible que las condiciones favorables para la existencia de planetas habitables tipo Tierra se encuentren más cerca de lo que muchos suponen.

El sistema estelar que componen nuestros vecinos espaciales más cercanos (el barrio contiguo al nuestro, digamos) es el de Alfa del Centauro (o, más sencillamente, Alfa Centauro).

Apenas a 4,35 años luz de distancia, la “estrella” más brillante de la constelación (Alfa) es, en realidad, un sistema triple. Es un objeto único cuando se lo observa a simple vista, pero un telescopio más o menos pequeño puede mostrarnos los integrantes del sistema.

Pero no es solamente eso lo que lo hace especial, sino el que sea uno de los pocos lugares de la galaxia que pueden ofrecer una posibilidad clara de vida de un tipo más o menos terrestre.

Los dos componentes mayores del sistema (Alfa Centauro A y Alfa Centauro B) conforman un sistema binario, girando una alrededor de la otra a una distancia de unos 3 500 millones de kilómetros (es decir, unas 23 veces la distancia Sol-Tierra, o 23 Unidades Astronómicas) y completan una órbita cada casi exactamente 80 años.

El tercer miembro del grupo es Alfa Centauro C, que se encuentra a 10 000 UA de A y de B, o sea más de 300 veces la distancia Sol-Neptuno. A esa distancia tan enorme, todavía no se puede estar seguro del todo si realmente está unida al dúo A-B. Por ahora, lo que sí sabemos es que su órbita la ha ubicado momentáneamente en el lado más cercano a nosotros. Se encuentra a 4,22 años luz de distancia, y es la estrella individual más cercana a nuestro sistema solar. Por esa razón, Alfa Centauro C es también llamada a veces Proxima Centauri (nombre en latín que significa Próxima del Centauro) o simplemente Próxima.

Alfa Centauro A es una estrella amarilla del tipo espectral G2, tal como el Sol. Por lo tanto, su temperatura y su color también son muy similares a los de nuestra estrella materna. Alfa Centauro B es de tipo espectral K1, de color naranja y más fría que el Sol. Por su parte, Próxima es una enana roja de tipo espectral M5, mucho más fría y pequeña que nuestro astro central. Por supuesto, también es mucho menos luminosa, razón por la cual recién fue descubierta en 1915, pese a su cercanía.

Condiciones para la vida

Cuando se procede a estimar las posibilidades de que haya vida en un sistema estelar dado, el primer criterio a considerar debe ser la madurez y estabilidad de la estrella; es decir, debe estar en la secuencia principal. Como las estrellas de la secuencia principal utilizan el hidrógeno para generar energía a partir de su conversión en helio dentro de sus núcleos, y como el hidrógeno es muy abundante, la mayoría de las estrellas permanece en la secuencia principal por largo tiempo, dando así una oportunidad para el desarrollo de la vida.

La segunda condición es que la estrella debe pertenecer al tipo espectral correcto, ya que éste determina la cantidad de energía emitida por la estrella. Las estrellas más masivas y calientes, que pertenecen a los tipos espectrales O, B, A, y a los primeros escalones del tipo F, queman su combustible muy rápidamente, por lo que su ciclo vital es demasiado corto (de unas pocas decenas a algunas centenas de millones de años, nada más). Las estrellas más pequeñas y frías, que pertenecen a los últimos escalones del tipo F y al tipo M no generan mucha energía, por lo que quizás no puedan mantener agua líquida en sus planetas más lejanos, y para los más cercanos (que sí podrían contener agua en estado líquido), por efecto de marea mostrarían siempre un mismo lado a la estrella, teniendo así un hemisferio con una temperatura demasiado alta y el otro hemisferio eternamente congelado.

Sin embargo, las estrellas tipo G (como nuestro Sol, única prueba de vida que conocemos) y aquellas que pertenezcan a los últimos escalones del tipo K y a los primeros del tipo K, deberían ser más aptas para albergar planetas con buenas condiciones para la vida.

El tercer criterio debe ser la presencia de condiciones estables en el sistema estelar, es decir, que la emisión de energía por parte de la estrella no debe variar mucho en plazos relativamente cortos. Dado el cumplimiento de las condiciones anteriores, ahora resulta importante el hecho de que el sistema sea de una sola estrella, o que contenga más de una. En este último caso, importa tanto el tipo espectral de los miembros estelares, como la distancia que los separe. Las posibilidades de variación son prácticamente infinitas. Asimismo, resulta importante en este caso el tipo espectral del objeto en cuestión.

La cuarta condición es, por supuesto, la edad de la estrella a considerar. En nuestro caso, el Sol tiene 4 600 millones de años de edad, un tiempo evidentemente suficiente como para que la vida haya surgido y evolucionado, y por lo que sabemos hasta ahora, la vida pudo haber surgido unos 800 millones de años después de su formación. Por otro lado, tiene todavía por delante varios centenares de millones de años en los que las condiciones sobre la Tierra permanecerán favorables para la vida, y después de eso los mundos más exteriores también mantendrán condiciones de habitabilidad por otros centenares de millones de años.

Y la quinta y última condición refiere a la metalicidad de la estrella, es decir, si presenta la cantidad suficiente de elementos más pesados que el hidrógeno (o metales, como los llaman los astrónomos), tales como carbono, nitrógeno, oxígeno, hierro, etc. De esta metalicidad parece depender la formación de planetas, y además son necesarios para la confección de moléculas indispensables para la vida. Nuestro Sol, por ejemplo, está compuesto principalmente por hidrogeno y helio, pero aproximadamente un dos por ciento de su masa consiste en “metales”.

Esto es así porque nuestro astro principal es una estrella de segunda o tercera generación, ya que se formó a partir de nubes estelares enriquecidas por estrellas anteriores que estallaron como supernovas al final de su vida, creando en esos momentos finales y diseminando por el espacio una enorme cantidad de elementos pesados, a todo lo largo de la tabla periódica. Aunque ese dos por ciento no parezca mucho, resultó más que suficiente como para crear a su alrededor a todos los planetas rocosos, y a nosotros mismos.

Tamaño_estrellas_Alfa_Centauro

Tamaño de las estrellas de Alfa Centauro, comparadas con el Sol

© Laro Schatzer’s Alpha Centauri

Los tres vecinos estelares más próximos del Sol están localizados en la región sureste de la constelación del Centauro, y conforman la “estrella” más luminosa de la constelación y la cuarta más brillante del cielo nocturno, Alfa del Centauro, también llamada Rigil Kentaurus (del árabe Al Rijl al Qanturus, por “la pata del centauro).

Visible a simple vista, Alfa del Centauro ha sido conocida por milenios, si bien no se supo que era una estrella doble hasta la observación realizada en 1752 por Nicolás Louis de La Caille desde el Cabo de Buena Esperanza, Sud África, quien realizaba un estudio de las estrellas del hemisferio austral utilizando un telescopio refractor de media pulgada (La Caille la consideró un sistema binario porque únicamente pudo ver a Alfa Centauro A y a Alfa Centauro B). La poco luminosa Próxima Centauro tuvo que esperar más tiempo, y recién fue descubierta en 1915 por Robert Thorburn Ayton Innes, un escocés que también estaba observando desde el Cabo, probablemente con el telescopio de 7 pulgadas del Observatorio Real.

Si un observador situado en el sistema de Alfa Centauro estudiara al Sol, lo encontraría en Casiopea, cerca de su límite con Perseo, y lo vería como una brillante estrella amarilla casi tan luminosa como Capella (Alfa del Auriga) nos parece a nosotros.

Las dos estrellas más grandes y luminosas se encuentran a una distancia de unos 4,36 años luz, y conforman una binaria cercana, estando separadas en promedio por unas 23,7 UA, es decir apenas un poco más que la distancia Sol-Urano (si bien, como dijimos antes, su separación mínima puede llegar a ser de 11 UA y su separación máxima alcanza las 35 UA).

Próxima Centauro se encuentra a solamente 4,22 años luz de distancia de nosotros y a unas 10 000 UA de A y B. Está tan lejos de ellas, que es posible que no esté unida gravitatoriamente con el par binario, aunque las tres podrían ser parte de un cercano grupo estelar en movimiento que incluye a la estrella triple ADS 10288 (Gl 649.1), a Gliese140.1, a Gliese 676, y a otras seis estrellas.

A continuación damos más información sobre cada uno de los tres componentes del sistema:

Alfa Centauro A

Como el Sol, es una estrella enana amarilla-naranja tipo G2V. Tiene unas 1,09 o 1,10 masas solares y su radio es 1,227 veces el de nuestra estrella (o sea 854 000 km). En cuanto a su luminosidad, es aproximadamente un 52 a un 60 por ciento más luminosa que el Sol, y puede ser algo mayor que éste, estimándose su edad en 4 850 millones de años. Su composición química es la siguiente: hidrógeno 71,5 %, helio 25,8%, y metales (elementos más pesados que el helio y el hidrógeno) 2,74%. En comparación, los números para el Sol son 73,7%, 24,5% y 1,81% respectivamente).

Como es tan parecida al Sol, muchos especulan sobre la posibilidad de que tenga planetas que puedan albergar vida. Dada sus características, un planeta tipo Tierra podría tener agua líquida a una distancia media de 1,25 UA, es decir, algo así como un punto medio entre las órbitas de la Tierra y de Marte aquí en nuestro sistema. En ese caso tendría un período orbital de 1,34 años. También, y según cálculos recientes, podría haber incluso una zona habitable algo mayor.

Alfa Centauro B

La segunda estrella del sistema binario, Alfa Centauro B, es una enana color naranja-rojizo de la secuencia principal, tipo espectral K1V. Parece tener 0,907 masas solares, un radio de 0,865 radios solares (602 000 km), y entre un 45 a 52 por ciento de la luminosidad del Sol. Su edad es similar a la de Alfa Centauro A (4 850 millones de años). Según los últimos análisis, su composición química sería la siguiente: hidrógeno 69,4%, helio 27,7% y metales 2,89%.

Vista desde un planeta que girara alrededor de Alfa Centauro A a una distancia similar a la de la Tierra, esta estrella compañera Alfa Centauro B proporcionaría un poco más de luz que la Luna llena, pero dada la distancia que la separa (mayor que la distancia Sol-Saturno) no afectaría demasiado la vida sobre ese mundo.

Según algunos estudios, su zona “Ricitos de Oro” estaría centrada alrededor de las 0,73 - 0,74 UA (la distancia Sol-Venus en nuestro sistema solar), con una período orbital algo menor que el nuestro. Otros estudios dan una zona habitable algo mayor.

Alfa Centauro C, o Próxima Centauro

Próxima es muy fría y muy poco luminosa, una enana roja de la secuencia principal tipo M5.5Ve, que parece tener una masa de 0,123 masas solares y un diámetro de 0,145 diámetros solares. Su luminosidad varía entre 0,000053 y 0,00012 tomando Sol = 1. Es, por lo tanto, 19 000 veces menos luminosa que nuestro astro, y si estuviéramos a una distancia Sol-Tierra de ella (es decir, a una unidad astronómica), su disco apenas sería visible. Se calcula que su período orbital alrededor del par Alfa Centauro A-B puede ser de varios millones de años (si es que en realidad forma un sistema con ellas). Está compuesta por un 69,5% de hidrógeno, un 27,8% de helio y un 2,90% de metales.

La región en la cual un eventual planeta pudiera mostrar agua líquida se encuentra entre las 0,02 y las 0,06 UA, mucho más cerca que las 0,4 UA de Mercurio alrededor del Sol, con un período orbital de dos a 16 días. Por lo tanto, la rotación de ese planeta habría sido fijada por el efecto de mareas y uno de sus hemisferios enfrentaría continuamente a la estrella, mientras que el otro hemisferio permanecería eternamente en la sombra.

Además, como muchas otras enanas rojas, Próxima es una “estrella llameante”, es decir que puede aumentar abruptamente y en mucho su luminosidad. Sus llamaradas pueden llegar a multiplicar su brillo por dos, y ocurren esporádicamente de hora en hora. Más aún, puede haber varias llamaradas al mismo tiempo. Por lo tanto, podríamos decir que allí las condiciones para la vida son casi imposibles.

El caso de habitabilidad para Alfa Centauro

Como hemos visto, Alfa Centauro es un lugar notable, puesto que puede ofrecer para la vida condiciones similares a las de nuestro propio sistema solar ya que, en general, cumple con las cinco condiciones que hemos establecido. Veamos lo que sucede en cada caso con sus tres integrantes.

1) Los tres objetos estelares del sistema se encuentran dentro de la secuencia principal, han permanecido en ella por largo tiempo, y seguirán estando allí por otro largo período, aunque por su pequeño tamaño, Próxima permanecerá en ella por muchísimo tiempo más.

2) Alfa Centauro A pertenece al mismo tipo espectral que el Sol, mientras que Alfa Centauro B es una estrella tipo K1, es decir, al escalón más luminoso de las de su clase, por lo cual también podría resultar apta. Próxima es una enana roja, y parece razonable dejarla de lado.

3) El tercer punto podría parecer complicado, ya que Alfa Centauro A y B forman claramente un sistema binario. Sin embargo, aquí toma importancia la distancia que las separa. Su período de traslación a lo largo de sus órbitas alrededor del centro gravitatorio común es de unos 80 años, durante los cuales la distancia entre ambas estrellas varía entre 11 UA y 35 UA. Para tener una idea mejor, cuando ambas estrellas están más cerca una de la otra, están todavía dos UA más lejos que la distancia media Sol-Saturno, mientras que en su mayor separación están seis UA más alejadas que la distancia media Sol-Neptuno.

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Planetas posibles en Alfa Centauro

© Laro Schatzer’s Alpha Centauri

Por lo tanto, y observando desde los planetas que puedan existir alrededor de cualquiera de ellas, la luminosidad de la otra estrella aumenta y disminuye un poco al acercarse y alejarse. Sin embargo, esta variación es demasiado pequeña como para representar un problema, de modo que ambas estrellas superan también este obstáculo.

Sobre Próxima, deberemos decir que tampoco pasa esta prueba. Como muchas enanas rojas, es proclive a generar estallidos que duplican o triplican su luminosidad (y su emisión de energía) en apenas unos pocos minutos.

4) En cuanto al tiempo necesario para la aparición y evolución de la vida, tanto Alfa Centauro A como Alfa Centauro B son incluso algo más viejas que el Sol, con una edad estimada de algo menos de cinco mil millones de años. Las estimaciones para Próxima arrojan una edad similar.

5) ¿Y el asunto de la metalicidad? Pues también aquí Alfa Centauro A y B pasan la prueba. Son estrellas ricas en metales, como nuestro Sol. De hecho, el sistema A-B podría ser hasta casi el doble de rico en metales que nuestro propio sistema solar. Próxima también es rica en metales.

Ahora bien, queda todavía algo por dilucidar. ¿Existen en Alfa Centauro planetas rocosos tipo Tierra que se encuentren dentro de la zona de habitabilidad y donde se posible encontrar agua en estado líquido (la así llamada zona “Ricitos de Oro”).

La respuesta es que todavía no lo sabemos. Lo que sí sabemos es que un sistema binario los planetas no pueden estar muy lejos de su estrella primaria, puesto que en caso contrario sus órbitas serían inestables. Si la distancia es más de un quinto de la distancia de máxima aproximación de las dos estrellas, entonces el segundo miembro del sistema provocaría distorsiones en la órbita del planeta.

En el caso de Alfa Centauro, esa aproximación máxima es de 11 UA, por lo cual el límite para órbitas planetarias estables sería de unas dos unidades astronómicas. De hecho, los modelos de computadora sugieren que si bien podrían formarse planetas rocosos en las cercanías de las dos estrellas mayores, ese no sería el caso para los planetas gaseosos mayores y más lejanos, debido a los efectos gravitatorios combinados de ambos astros.

Si lo comparamos con nuestro propio sistema, eso significaría que tanto Alfa Centauro A como Alfa Centauro B podrían poseer hasta cuatro planetas interiores (en nuestro sistema, la distancia que separa a los cuatro planetas rocosos del Sol es la siguiente: Mercurio 0,4 UA, Venus 0,7 UA, la Tierra 1 UA y Marte 1,5 UA). Por lo tanto, ambas estrellas podrían albergar uno o hasta dos planetas rocosos en su respectiva zona “Ricitos de Oro”.

Sin embargo, es necesario también tener en cuenta la opinión de algunos astrónomos que sostienen que los planetas tipo Tierra en Alfa Centauro deberían ser bastante áridos, puesto que se cree que Júpiter y Saturno cumplieron un papel crucial en dirigir los cometas hacia el sistema solar interior, los que a su vez representaron una fuente de agua para los planetas cercanos al Sol.

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Terrestrial Planet Finder (Buscador de Planetas Terrestres) de la NASA


Conclusión

Los datos recogidos hasta la fecha indican que el sistema de Alfa Centauro merece ser estudiado a fondo y tenido en cuenta en todas las búsquedas de planetas extrasolares (y de vida extraterrestre) que se realicen en el futuro.

Las simulaciones de computadora sugieren que, dada su alta metalicidad y su composición orbital, podría albergar a varios planetas rocosos en órbitas estables alrededor de cualquiera de sus estrellas o en ambas.

Precisamente por eso, Alfa Centauro A y B han sido seleccionadas entre las 100 estrellas principales a investigar por el Terrestrial Planet Finder (Buscador de Planetas Terrestres) de la NASA, cuando éste sea lanzado. La detección de planetas en Alfa Centauro marcaría el inicio de una nueva etapa en la búsqueda de vida extraterrestre cuya lógica conclusión, para muchos de nosotros, sería el viaje interestelar.

exoplaneta

Exoplaneta

jueves, diciembre 21, 2006

Diez años de la muerte de Carl Sagan

Hace ya un decenio fallecía el más famoso de los astrónomos de los tiempos modernos.

”Carl Sagan y el universo”

Carl Sagan y el cosmos

Pero su muerte, por supuesto, no significó su desaparición. Su sonrisa y su genio siguen estando en la mente de todos los que lo admiramos.

Es difícil decir algo inteligente u original en un caso así. La blogosfera lo recuerda hoy, y decenas de miles de personas en todo el mundo se han unido para conmemorar la fecha. Y cada uno de ellos (de nosotros) pensamos y sentimos una emoción muy profunda, que algunos saben expresar en palabras y otros apenas somos capaces de sentirlas.

Es por eso que hoy, en esta pequeña nota homenaje no escribo mucho. Simplemente, les daré un enlace a un artículo muy bueno publicado en Clarín, que dice un montón de cosas que me hubiera gustado escribir, y que a su vez tiene unos enlaces que merecen ser visitados.

Solamente agregaré que lamento la injusticia de que hombres tan grandes como él hayan vivido tan poco, mientras que otros…

Realmente, me gustaría que hoy estuviera vivo, en estos momentos de emoción diaria que nos traen las noticias del cosmos, para explicarnos, enseñarnos, y seguir mostrándonos el camino que debería seguir la humanidad.

Que descanse entre las estrellas.

domingo, diciembre 03, 2006

Glosario Topográfico Planetario

Algunos rasgos topográficos (es decir, las particularidades superficiales de un terreno) que encontramos en otros cuerpos del sistema solar presentan características que los hacen diferentes a los de la Tierra, por lo que han recibido sus propias denominaciones, o nomenclatura.

En su mayoría, esos rasgos son comunes a los diferentes mundos, pero en algunos casos son específicos de alguno de ellos.

Casi todos estos nombres se escriben en latín; en esos casos, las reglas para su utilización en singular o en plural (que aquí se indica en letra cursiva) siguen las normas de aquella lengua.

Heber Rizzo Baladán
Última actualización: Septiembre 2008

NOMBRE
(plural latín en cursiva)
DESCRIPCIÓN
Albedo Rasgo característico de un área geográfica que se distingue por la cantidad de luz que refleja. Una superficie con un albedo de 1,0 reflejaría toda la luz incidente, mientras que si la absorbiera totalmente su albedo sería de 0,0.
Arcus, arcūs Rasgo con forma de arco.
Astrum, astra Rasgos con patrón radial, en Venus.
Catena, catenae Una cadena lineal de cráteres, producida quizás por un tren de impactores (como el Shoemaker-Levy 9 lo hizo en Júpiter). Alternativamente, puede ser de origen volcánico, a causa del colapso de tubos de lava sub-superficiales.
Cavus, cavi Hoyo o depresión irregular, con bordes empinados, no originado por impacto. Comúnmente se presentan en grupos.
Centro Eruptivo Centro volcánico activo en Io.
Chaos Área de terreno confuso e irregular, posiblemente creada por acción del agua subterránea al minarlo.
Chasma, chasmata Depresión profunda, alargada, con lados empinados; un gran cañón.
Collis, colles Colina pequeña o promontorio.
Corona, coronae
Una estructura ovoidal.
Crater, craters Depresión circular.
Dorsum, dorsa Cadena montañosa, cordillera, prominencia alargada.
Facula, faculae Punto brillante.
Farrum, farra Estructura con forma de panqueque, o una fila de dichas estructuras.
Flexus Cordillera curvilínea, muy baja, con un patrón de bordes ondulados.
Fluctus Terreno de flujo, ondulado.
Flumen, flumina Canal en Titán que puede transportar líquido.
Fossa, fossae Depresión larga, estrecha, y de baja profundidad, parecida a una trinchera.
Gran rasgo anillado Rasgos en forma de anillo de origen desconocido.
Insula, insulae Isla (islas), un área aislada de terreno (o un grupo de tales áreas) rodeada por, o casi rodeada por, un área líquida (mar o lago).
Labes Se utiliza para rasgos que parecen ser el resultado de un deslizamiento de tierra.
Labyrinthus, labyrinthi Área de intersección de depresiones lineales, cañones o valles.
Lacus “Lago”; planicie pequeña. Solamente en la Luna.
Lenticula, lenticulae
Pequeños puntos oscuros, en Europa.
Linea, lineae Marca alargada, oscura o brillante, recta o curva.
Lingula, lingulae Extensión de meseta con límites lobulados o con forma de lengua.
Macula, maculae
Mancha oscura, puede ser irregular.
Mare, maria “Mar”; gran planicie circular. Solamente en la Luna.
Mensa, mensae Área elevada con cima achatada y bordes empinados, estilo riscos.
Mons, montes Montañas. En Marte, son principalmente de origen volcánico.
Nombre de lugar de descenso
Rasgos lunares en (o cerca de) los lugares de descenso de las naves Apolo.
Oceanus “Océano”; área oscura muy grande. Solamente en la Luna.
Palus, paludes “Pantano”; pequeña planicie. Solamente en la Luna.
Patera, paterae Cráter irregular o complejo, con bajo relieve de bordes ondulados y rasgos parecidos a canales que irradian de él. Se cree que son principalmente volcánicos.
Planitia, planitiae Área plana que se encuentra a menor altura que la región que la rodea.
Planum, plana Meseta. Área razonablemente plana, lisa, relativamente sin cráteres, más alta que la región que la rodea, limitada por bordes escarpados.
Plume (Penacho) Rasgos crio-volcánicos en Tritón.
Promontorium, promontoria “Cabo”; cabeza de tierra, promontorio que se “introduce” en una región.
Rasgos satelitales Un rasgo que comparte el nombre de un rasgo asociado. Por ejemplo, en la Luna, los cráteres referidos como “cráteres con letras” están clasificados como”rasgos satelitales”.
Regio, regiones Una gran área, marcada por distinciones de reflectividad o color que la diferencian de áreas adyacentes. Una gran zona geográfica.
Reticulum, reticulae Un área de patrón reticular (como una red), en Venus.
Rima, rimae Fisura. Solamente en la Luna.
Rupes Escarpa, risco, cuesta empinada, que es lineal, no sinuoso. Línea de riscos formada por la acción de fallas.
Scopolus, scopuli Escarpa o risco irregular, de apariencia lobulada.
Sinus “Bahía”; pequeña planicie.
Sulcus, sulci Surco, zanja, arruga. A menudo ocurren en grupos semi-paralelos.
Terra, terrae Extensa masa de terreno. En Marte se denomina así a las tierras altas más antiguas y cubiertas de cráteres.
Tessera, tesserae Terreno poligonal, con apariencia de estar compuesto de tejas.
Tholus, tholi Montaña pequeña o colina, aislada, en forma de domo. Se presumen de origen volcánico.
Unda, undae Duna. Área de apariencia ondulada.
Vallis, valles Valle. Probablemente de origen fluvial.
Vastitas, vastitates Enorme planicie baja. El único lugar designado así en el sistema solar es Vastitas Borealis, en Marte.
Virga, virgae Raya o franja de color.